Desde que el hombre habita sobre la Tierra, ha sido un permanente enemigo de la Naturaleza. Sus continuas agresiones han llevado a que sólo lograsen perjudicar su propia existencia y correr riesgos de eliminación.
Enumerar los infinitos ataques, en nombre de la revolución industrial, de la evolución hacia mejores situaciones para nuestro estándar de vida, no vale la pena en esta nota. A los que nos interesan estos temas, los conocemos y están bien difundidos. Nuestra propia salud ha sido afectada por el mismo motivo, con una perversión permanente, suministrando elementos nocivos que han llevado, inclusive, a pandemias universales, en todas las épocas.
El hombre ha colocado en los platos de la balanza dos asuntos esenciales; por un lado, técnicas superlativas para su mejoramiento en todos los campos de la vida, y otras de igual magnitud, o más expandidas, para destruirse entre sí. Y la balanza se inclina hacia esta última, con armas que solamente sirven para que aquellos que cuentan con el financiamiento para obtenerlas, destruyan a sus pares más débiles. En ningún momento de la historia se ha podido comprobar que hayamos recibido amenazas extraterrestres, como para fabricar esas armas tan sofisticadas y estar prevenidos. Entonces ¿dónde está la evolución que tanto pregonamos y nos jactamos de haber logrado? Evolución que ha llevado a niveles tan catastróficos como los que en estos días padecemos (léase Libia), con invasiones de esas potencias a pueblos indefensos, en nombre de la paz. ¿De qué paz se habla, cuando solamente se cosechan muertes inútiles?
La altivez, la mezquindad, la soberbia, la avaricia, la petulancia y todos los adjetivos que existen en nuestro idioma, le caben al hombre ya que es tan desmedida su vanidad que lo lleva a pensar solamente en sí mismo, no dándose cuenta que ello es ficticio, es falso, no tiene asidero lógico. Creen tener poder y lo único que logran, sobre los más débiles, es que millones de niños mueran de hambre todos los días, que otros tantos padezcan la miseria más espantosa y no tengan el mínimo indispensable para subsistir dignamente. Que un elemento tangible y elemental, como el agua, no llegue a todos esos seres humanos dejados de lado, como si fueran elementos residuales. El hombre se enfrentó a la Naturaleza y olvidó aquello que tanto escuchamos siempre, que ella es sabia. Ese desafío lo llevó a inimaginados terrenos, por ello cree que ha logrado triunfar, ante ella. Y los hechos acontecidos, que conocemos a través de siglos y siglos, es que cuando a la Naturaleza se le provoca, ella con un solo gesto de pocos minutos se resarce con creces, eliminándonos como si fuéramos seres diminutos. ¡Y lo somos!
ESCRITO POR: Carlos Scorovich - Analista
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